Crítica de EVA MAGALLANES
Santiago de Chile, 2010
Por:
Eva Magallanes
evamagallanes@gmail.com
http://www.lacalarealidadyficcion.blogspot.com
No importa cual sea el camino, lo valedero es que sea el propio y nos conduzca lo más cerca de donde nuestro espíritu ansía llegar. Siento que esto es de aplicación tanto para el arte como para la vida, reflejando la indestructible alianza que existe entre ambas dimensiones. Al observar la obra de Pilar Arranz, salta a la vista que es una pintora que ha transitado su propio recorrido sin temer diluirse en la búsqueda ni en sus procesos; sin querer ansiosamente consolidar un estilo que la distinga, incursionando, errando, ensayando, dispuesta a dichos aprendizajes. En este transcurso ha ido abordando tradicionales temáticas: marinas, bodegones, flores y paisajes tanto urbanos como rurales, en dos soportes diferentes, lienzo y madera y centrándose básicamente en dos técnicas, óleo y acrílico, que en ocasiones combina en una experiencia mixta. Estos factores técnicos no son menores, pues obligan a la artista a ejercitar dos modos disímiles de aplicación pictórica, dos materiales distintos de los cuales extraer diferentes enseñanzas y resultados. De este modo, si hacemos un recorrido por su producción veremos un código que se ha ido estructurando esencialmente con atisbos impresionistas, “cezannianos” y “fauvistas”, así como una trayectoria que abarca tanto lo figurativo como lo abstracto.
Sin engolosinarse con los aciertos, ha mantenido una actitud de aprendiz que ha ido consolidando su oficio, sin embargo, como toda exploración, ésta tiene sus riesgos: la visión global que pudiera tenerse de su obra tiende a configurar un todo más bien errático, una estética dispersa que, llegado un momento (un momento que es resorte personal de la propia artista) habría de detenerse, quedarse, profundizar y, desde ahí, desarrollar una propuesta. El punto de vista desde donde Pilar estructura la composición de muchas de sus obras, me refiero al enfoque, el encuadre, a la posición que ella asume para observar y plasmar, emerge como una vía posible a desarrollar en tal sentido. Igualmente, la deconstrucción de las formas que ubica a alguna de sus pinturas en un territorio medio entre la figuración y la abstracción y la peculiaridad cromática que alcanza en algunas de sus obras. Desarrollaré algo más estos conceptos a continuación:
Si hubiese que postular algún elemento constante en su pintura, sin duda, no sería la figura humana. Sin embargo, el modo en que la presencia de lo humano se manifiesta vinculada precisamente a la perspectiva compositiva ya mencionada, los significados, mensajes e interpretaciones de contenido que pueden comunicar y el contrapunto que se establece con la naturaleza, vienen a ser una apertura hacia una característica de estilo en la cual ahondar, potenciando en mayor magnitud las características y sensaciones que se expresan en “La cometa”, “En el bosque”, “Por primera vez el mar”, “En la orilla” y en “Tres generaciones” (en este caso el paisaje se reemplaza por la arquitectura). Se produce en estas pinturas un doble efecto que termina por crear una tensión convocante entre lo natural y lo humano: fragmentos de mar, de bosque, que conservan la inmensidad y la potencia de la naturaleza de tal modo que, las personas son una pequeña señal en esa vasta iconografía. Pilar enfoca lo humano desde lejos, desde lo alto, desde atrás, una distancia que quizá no es tan física pero sí emocional o psicológica; la suya es una perspectiva no retratista, como si ella fuese testigo lejano de estos sucesos que generan una atmósfera de diario íntimo que se registra a hurtadillas. En el panorama general de su pintura, estas figuras vienen a ser pinceladas en una tela de amplio formato. Su ojo escrutador de flores, árboles y construcciones, se rehúsa aquí a realizar una intromisión mayor, voz sagrada de lo que serán los recuerdos. Así, como si se adelantase a la futura rememoración de aquellos instantes, plasma destellos para la memoria en el amplio e imperecedero fondo de la naturaleza, consiguiendo un doble cariz, un contraste, ambos intensos que son tan sólo gotas en el océano; perdurables, a la vez que un puñado de hojas en el otoño. Lo dicho, independientemente, de las transformaciones técnicas y estéticas que la artista, eventualmente, imprime a sus obras.
Sus árboles y sus tierras, así como las marinas “Sin título”, “Marina 1” y “Marina 2” conservan esa mirada compositiva distante, esa sensación de parte que contiene la monumentalidad del todo, esa visión que fija un detalle generando una sensación panorámica, una fracción que se universaliza. Arranz explora en el agua logrando una traducción fidedigna que, desde ya, aún inscribiéndose en la línea tradicional de la imitación del modelo, adquiere una atmósfera sutilmente peculiar que la saca de una factura enteramente realista. Pilar encuentra una clave en las potencialidades cromáticas de este elemento clave en el que indaga sin pudor alguno probando en “Ribera” y “Al caer la tarde” con la ausencia de color, en “Faro” y “Atardecer en el puerto” con un aguda antítesis cromática, en “Sintonía” y “Colores” con la aplicación suelta e informal de la mancha, buscando la sustancia abstracta de la naturaleza, en “Amanecer”, “Torre de Hércules”, “La línea del horizonte” y “Rozando el agua” con efectos más oníricos y simbolistas.
“Rojo sobre Rojo” marca un punto de llegada importante. En este Acrílico, estos ejercicios de transcripción del agua desde diversos ángulos estilísticos y estéticos, el manejo que ha logrado con sus reflejos y destellos, se concreta en una obra que adquiere una nueva vitalidad y que nos habla del encuentro con una personal proposición: los colores, sus matices y tonalidades dan paso al “color”, la supremacía absoluta de un valor tonal que inunda y enciende el lienzo, un anverso, un negativo a color, una pasión “fauve” que transgrede la mímesis y funda un paisaje sustentado en lo real pero en abierto vuelo hacia lo imaginado. Realidad y ficción se unen creando asombro ante lo inédito. Lo irreal se torna creíble y bello. Entramos en su juego y aceptamos la convención que la obra nos propone. Pilar ha hecho un hallazgo al interior de su búsqueda. Pero no es sólo a través del color que la artista se encuentra con su descubrimiento. Lo conseguido en “Rojo sobre Rojo” se emparenta con la senda que ella ha seguido en sus paisajes urbanos. Aquí, Arranz, leal a su espíritu explorador, ha deambulado por distintos derroteros, tanto figurativos como más abstractos, sin embargo, junto a la singularidad del color que va obteniendo, se observa una médula constante a partir de un dibujo certero, formas cerradas y sintéticas, captación de las estructuras liberándose de lo accesorio, revelación de lo más esencial en suma. Me parece que ha hecho suyo el profundo legado de Cezanne, padre de la pintura del siglo XX, precursor del cubismo y la posterior pintura abstracta. Excelente herencia para adentrarse en la deconstrucción de las formas e instalar una propuesta, tal y como lo ha hecho en mayor o menor medida en “Cuatro cúpulas”, “Amanece en la ciudad 1 y 2”, “Paisaje en rojo 3”, “La ciudad azul”, “La margen izquierda” , “Cuelga la hiedra”, “Catedral”, “Magenta y azul”, “Paisaje en ocres 2”, “Paisaje en lavanda”, “Paisaje en rojo 3” y “Paisaje azul”.
Mención aparte merecen sus bodegones y flores, pues aquí la iconografía que se establece es de índole muy diferente. Si bien creo que a estas series les falta todavía más trabajo para extraer todo el potencial que muestran; dicho potencial es atractivo, llamativo y sugerente. Pilar se nos revela en una faceta lúdica, trasgresora de las convenciones típicas para estos motivos, libre, disonante y rítmica en el uso del color. Algunas de estas pinturas evocan a la estética del “kitsch”, otras adquieren ribetes surrealistas, otras persiguen sombras en busca de plasmarlas con un nuevo sentido, pero todas son muy decorativas. Destaco especialmente a “Hibisco naranja” pues en mi opinión, esta obra es la clave a desarrollar en estas temáticas: consigue trastocar la materialidad real que es muy sugerente, como si Pilar quisiera invertir el rol traductor que se le asigna tradicionalmente a la pintura y ser ella, desde su creación, quien transforme el ser de esa materia alcanzando con ello una potente belleza imaginaria.
Por:
Eva Magallanes
evamagallanes@gmail.com
http://www.lacalarealidadyficcion.blogspot.com
No importa cual sea el camino, lo valedero es que sea el propio y nos conduzca lo más cerca de donde nuestro espíritu ansía llegar. Siento que esto es de aplicación tanto para el arte como para la vida, reflejando la indestructible alianza que existe entre ambas dimensiones. Al observar la obra de Pilar Arranz, salta a la vista que es una pintora que ha transitado su propio recorrido sin temer diluirse en la búsqueda ni en sus procesos; sin querer ansiosamente consolidar un estilo que la distinga, incursionando, errando, ensayando, dispuesta a dichos aprendizajes. En este transcurso ha ido abordando tradicionales temáticas: marinas, bodegones, flores y paisajes tanto urbanos como rurales, en dos soportes diferentes, lienzo y madera y centrándose básicamente en dos técnicas, óleo y acrílico, que en ocasiones combina en una experiencia mixta. Estos factores técnicos no son menores, pues obligan a la artista a ejercitar dos modos disímiles de aplicación pictórica, dos materiales distintos de los cuales extraer diferentes enseñanzas y resultados. De este modo, si hacemos un recorrido por su producción veremos un código que se ha ido estructurando esencialmente con atisbos impresionistas, “cezannianos” y “fauvistas”, así como una trayectoria que abarca tanto lo figurativo como lo abstracto.
Sin engolosinarse con los aciertos, ha mantenido una actitud de aprendiz que ha ido consolidando su oficio, sin embargo, como toda exploración, ésta tiene sus riesgos: la visión global que pudiera tenerse de su obra tiende a configurar un todo más bien errático, una estética dispersa que, llegado un momento (un momento que es resorte personal de la propia artista) habría de detenerse, quedarse, profundizar y, desde ahí, desarrollar una propuesta. El punto de vista desde donde Pilar estructura la composición de muchas de sus obras, me refiero al enfoque, el encuadre, a la posición que ella asume para observar y plasmar, emerge como una vía posible a desarrollar en tal sentido. Igualmente, la deconstrucción de las formas que ubica a alguna de sus pinturas en un territorio medio entre la figuración y la abstracción y la peculiaridad cromática que alcanza en algunas de sus obras. Desarrollaré algo más estos conceptos a continuación:
Si hubiese que postular algún elemento constante en su pintura, sin duda, no sería la figura humana. Sin embargo, el modo en que la presencia de lo humano se manifiesta vinculada precisamente a la perspectiva compositiva ya mencionada, los significados, mensajes e interpretaciones de contenido que pueden comunicar y el contrapunto que se establece con la naturaleza, vienen a ser una apertura hacia una característica de estilo en la cual ahondar, potenciando en mayor magnitud las características y sensaciones que se expresan en “La cometa”, “En el bosque”, “Por primera vez el mar”, “En la orilla” y en “Tres generaciones” (en este caso el paisaje se reemplaza por la arquitectura). Se produce en estas pinturas un doble efecto que termina por crear una tensión convocante entre lo natural y lo humano: fragmentos de mar, de bosque, que conservan la inmensidad y la potencia de la naturaleza de tal modo que, las personas son una pequeña señal en esa vasta iconografía. Pilar enfoca lo humano desde lejos, desde lo alto, desde atrás, una distancia que quizá no es tan física pero sí emocional o psicológica; la suya es una perspectiva no retratista, como si ella fuese testigo lejano de estos sucesos que generan una atmósfera de diario íntimo que se registra a hurtadillas. En el panorama general de su pintura, estas figuras vienen a ser pinceladas en una tela de amplio formato. Su ojo escrutador de flores, árboles y construcciones, se rehúsa aquí a realizar una intromisión mayor, voz sagrada de lo que serán los recuerdos. Así, como si se adelantase a la futura rememoración de aquellos instantes, plasma destellos para la memoria en el amplio e imperecedero fondo de la naturaleza, consiguiendo un doble cariz, un contraste, ambos intensos que son tan sólo gotas en el océano; perdurables, a la vez que un puñado de hojas en el otoño. Lo dicho, independientemente, de las transformaciones técnicas y estéticas que la artista, eventualmente, imprime a sus obras.
Sus árboles y sus tierras, así como las marinas “Sin título”, “Marina 1” y “Marina 2” conservan esa mirada compositiva distante, esa sensación de parte que contiene la monumentalidad del todo, esa visión que fija un detalle generando una sensación panorámica, una fracción que se universaliza. Arranz explora en el agua logrando una traducción fidedigna que, desde ya, aún inscribiéndose en la línea tradicional de la imitación del modelo, adquiere una atmósfera sutilmente peculiar que la saca de una factura enteramente realista. Pilar encuentra una clave en las potencialidades cromáticas de este elemento clave en el que indaga sin pudor alguno probando en “Ribera” y “Al caer la tarde” con la ausencia de color, en “Faro” y “Atardecer en el puerto” con un aguda antítesis cromática, en “Sintonía” y “Colores” con la aplicación suelta e informal de la mancha, buscando la sustancia abstracta de la naturaleza, en “Amanecer”, “Torre de Hércules”, “La línea del horizonte” y “Rozando el agua” con efectos más oníricos y simbolistas.
“Rojo sobre Rojo” marca un punto de llegada importante. En este Acrílico, estos ejercicios de transcripción del agua desde diversos ángulos estilísticos y estéticos, el manejo que ha logrado con sus reflejos y destellos, se concreta en una obra que adquiere una nueva vitalidad y que nos habla del encuentro con una personal proposición: los colores, sus matices y tonalidades dan paso al “color”, la supremacía absoluta de un valor tonal que inunda y enciende el lienzo, un anverso, un negativo a color, una pasión “fauve” que transgrede la mímesis y funda un paisaje sustentado en lo real pero en abierto vuelo hacia lo imaginado. Realidad y ficción se unen creando asombro ante lo inédito. Lo irreal se torna creíble y bello. Entramos en su juego y aceptamos la convención que la obra nos propone. Pilar ha hecho un hallazgo al interior de su búsqueda. Pero no es sólo a través del color que la artista se encuentra con su descubrimiento. Lo conseguido en “Rojo sobre Rojo” se emparenta con la senda que ella ha seguido en sus paisajes urbanos. Aquí, Arranz, leal a su espíritu explorador, ha deambulado por distintos derroteros, tanto figurativos como más abstractos, sin embargo, junto a la singularidad del color que va obteniendo, se observa una médula constante a partir de un dibujo certero, formas cerradas y sintéticas, captación de las estructuras liberándose de lo accesorio, revelación de lo más esencial en suma. Me parece que ha hecho suyo el profundo legado de Cezanne, padre de la pintura del siglo XX, precursor del cubismo y la posterior pintura abstracta. Excelente herencia para adentrarse en la deconstrucción de las formas e instalar una propuesta, tal y como lo ha hecho en mayor o menor medida en “Cuatro cúpulas”, “Amanece en la ciudad 1 y 2”, “Paisaje en rojo 3”, “La ciudad azul”, “La margen izquierda” , “Cuelga la hiedra”, “Catedral”, “Magenta y azul”, “Paisaje en ocres 2”, “Paisaje en lavanda”, “Paisaje en rojo 3” y “Paisaje azul”.
Mención aparte merecen sus bodegones y flores, pues aquí la iconografía que se establece es de índole muy diferente. Si bien creo que a estas series les falta todavía más trabajo para extraer todo el potencial que muestran; dicho potencial es atractivo, llamativo y sugerente. Pilar se nos revela en una faceta lúdica, trasgresora de las convenciones típicas para estos motivos, libre, disonante y rítmica en el uso del color. Algunas de estas pinturas evocan a la estética del “kitsch”, otras adquieren ribetes surrealistas, otras persiguen sombras en busca de plasmarlas con un nuevo sentido, pero todas son muy decorativas. Destaco especialmente a “Hibisco naranja” pues en mi opinión, esta obra es la clave a desarrollar en estas temáticas: consigue trastocar la materialidad real que es muy sugerente, como si Pilar quisiera invertir el rol traductor que se le asigna tradicionalmente a la pintura y ser ella, desde su creación, quien transforme el ser de esa materia alcanzando con ello una potente belleza imaginaria.